Esto es de finales de 2006... y da escalofríos ver que las cosas siguen igual o peor.
Busco piso.
El anuncio podría decir algo así como: busco piso que no me exija hipotecar mi vida hasta los 70 años, que tenga ventanas por donde entre la luz, que tenga el espacio suficiente como para no llamar zulo a las habitaciones y que no esté a 2 kilómetros de lo que ya se considera “el quinto pino”. Abstenerse “pisos con posibilidades” y “mejor verlo”.
Desde que uno se plantea la cuestión de emanciparse de casa, comienza un periplo por el asqueroso fango del mundo inmobiliario. Está claro que a estas alturas ya sabes que no te ha tocado heredar de una tía soltera y rica o simplemente con un techo sobre su cabeza (que a los efectos es lo mismo), porque seguramente, con la legión de primos que tienes, no tocas ni a la terraza lavadero (¡por Dios, una terraza lavadero con luz de día!). Así que lo que sí te toca es ponerte unas zapatillas cómodas, rellenar el saldo del móvil y patear la ciudad en busca de piso.
Día 1. En busca de un piso de alquiler.
El primer día, aparte de los juanetes en los pies, las agujetas en las espinillas y la tortícolis en el cuello de mirar para arriba, no sacas nada en claro. Bueno, sí… que la cosa está fatal. El primer contacto con la realidad inmobiliaria es bastante deprimente… todo el mundo se pone de acuerdo para decirte que justo ahora que tú estás buscando por esa zona, no hay nada disponible. Cuando vas a una agencia inmobiliaria siempre llegas justo después de haber tenido un amplio catálogo de pisos magníficos a tu disposición… así que tendrás que conformarte con la birria que queda y dar las gracias de que te hayan encontrado algo. Vaya tela con las casualidades… les pasa lo mismo a todas las inmobiliarias de la ciudad y tú sin saber que hace un mes hubo una explosión de pisos estupendos en alquiler justo por donde tú quieres y al precio que tú buscas. A la primera persona que te lo cuenta en una agencia, la miras con esa cara que se te pone cuando llegas un pelín tarde a coger el autobús y lo ves marcharse, pero ya a la cuarta la miras como diciendo “¿qué relación familiar te une a los del puesto de las chochonas, esas que hay en la feria y que nunca tocan, esas que están colgadas con cuerdas, tiras… y en su lugar sale una birria de muñeco de detrás?”. Porque efectivamente, te sale con un “uy, espera, que parece que nos queda algo por esa zona”… para seguir por un “pero se sale un poquito del presupuesto” o un “pero es un quinto sin ascensor” o bien sencillamente está dentro del presupuesto, “pero mejor lo ves”.
Así que te decides por el “mejor lo ves”, que ya te entra el morbillo de la curiosidad y el masoquismo juntos... y eso es imparable. Quedas a unas horas extrañas con alguien a quien no conoces de nada, y te lleva a una casa desconocida… un plan ya de por sí tentador… hasta que entras y descubres que lo mejor estaba por llegar. Ciertamente, en la agencia las palabras “mejor verlo” debían estar en el encabezado de la ficha, sencillamente porque el que la redactó no sabría muy bien cómo definirlo. El que te enseña el piso, ante este prodigio, tiene dos opciones muy claras… una es hacerse el tonto y decir que él es la primera vez que lo ve en su vida o que esa no es su zona y está sustituyendo a un compañero… como cuando alguien de tu familia hace el ridículo y tu te escondes… y la segunda opción es echarle valor y tratar de vender arena en el desierto, en plan de “a mí lo que me gusta de este piso es lo tranquilito que es” o “aquí se le podría poner una estantería para aprovechar este hueco” (esto quiere decir tapar un desperfecto gordo en el lenguaje común) o bien “bueno, le harían falta un par de retoques, pero la zona está muy bien”… en ese momento ya se ha resignado, ese es el momento que marca la inflexión entre lo posible y lo imposible, pues ya te ha visto la cara cuando has entrado por la puerta y has tenido que controlarte para no salir corriendo… hasta te ha visto cuando has suspirado… y eso es definitivo. Llegados a ese punto de comunicación no verbal, recuerdas la zona, que está muy bien… y también el banco del parque, con mucha más luz que el piso y del mismo tamaño que la cocina y el baño juntos… en los columpios podrías poner la ropa a tender y podrías mirarla desde la única ventana exterior, que da a la habitación… visto así, lo de la zona son solo ventajas, lo único que hay que hacer es no pasar demasiado tiempo dentro del piso, que es lo peor que tiene la zona.
Aunque lo de la percepción de la zona también es una historia. Es como lo de los gustos y los colores… hay una amplia gama de ellos y a cada uno le gusta uno diferente, pero está claro que nadie tiene al verde caca como su color favorito… y algunas zonas son indefendibles. Hay pisos en barrios que tienen "mucha vida", lo cual significa que a todas horas va a haber gente, coches… y sus fenómenos asociados, como el entrañable aparcacoches que te reconoce como vecino con garaje, pero que aún así tiene como reto personal hacerte pagar algún día el canon por pasar a tu propio garaje (basado en un hecho real y cotidiano); la adorable maruja del primero que te tiene más controlado que tu propia madre y que vive en el alfeizar de la ventana (yo tengo una teoría acerca del marujeo y el espionaje… ¡cuántos atentados se hubiesen podido evitar poniendo a una maruja por bloque!... y solo tienes que proporcionarle una ventana en el primero y una bata de guatiné); por no hablar de los acogedores bares, Estados independientes con ciudadanos empadronados y religión propia: el fútbol.
En la otra cara de la moneda están los típicos pisos que se anuncian en "zona tranquila", donde esperas en cualquier momento que pase una bola de esas que dan vueltas por el desierto… existe el mito de que por allí vive alguien, pero todavía está por demostrarse.
La opción de las visitas a las casas de los particulares que venden pisos es mi favorita, porque siempre es mucho más agradable entrar en una casa habitada, con sus muebles y sus complementos ya puestos, para hacerte una idea de lo que puede entrar en el piso… y con un poco de suerte lo que puede salir de él… porque siempre hay alguno que va y te dice que esa preciosa cómoda rosa chicle estilo barroco tardío también se queda, a juego con el cabecero neoclásico verde pistacho y la cenefa azul índigo de importación del suelo… ejem… ¡qué suerte!... "perdón, ¿y el piso tiene una chimenea grande o patio donde hacer barbacoas gigantes… o simplemente se puede hacer una hoguera en el salón y quemarlo todo?". Esto de los complementos "especiales" lo que te obliga en definitiva es a hacer un ejercicio mental importante que te permita imaginarte cómo sería el piso sin ellos (eso, si te recuperas de la impresión de ver el verde pistacho y el rosa chicle juntos). Porque da la casualidad de que la tele de plasma se la llevan, pero como haya un mueble que no te guste, ése se queda. También es verdad que viendo casas ajenas uno aprende un montón sobre decoración de interiores, materiales de construcción y muebles. Yo antes de empezar a ver pisos no sabía que una cocina podía ser de madera de roble azul envejecido… y ahora ya sé que no es que necesite una manita de pintura, sino que es así aposta. Tampoco sabía que los techos de escayola y los de verdad son diferentes… y así me iba la vida. Son tecnicismos que vas aprendiendo con el tiempo. De aquí a doscientos pisos más ya sé calcular hasta los metros cuadrados y diferenciar el tipo de madera de los armarios. Aunque eso de los metros cuadrados es relativo, porque hay algunos que deben empezar a contarlos por el portal del edificio… no puede ser que en 70 m2 te tengas que turnar para ver el salón y que sólo se pueda cerrar la puerta de la cocina subiéndote a la encimera.
Los dueños de pisos realmente entrañables son aquellos que te dicen que hasta se plantearon algún día vivir allí… pero no cuajó… debe ser porque al estar especulando con tantos pisos no se decidían por cual ocupar… o porque el hecho de ser un cuarto sin ascensor siempre da un poco de pereza. Uno de estos casos era un piso que estaba compartido con el ascensor del bloque, cuyo hueco estaba perfectamente integrado en el salón como si fuese un armario empotrado visto desde atrás… y el dueño podía asegurar que no daba ruido ninguno, aunque, por supuesto, nunca había vivido allí… todavía me recuerdo buscando la puerta del armario empotrado como una criaturita inocente… antes de que comentase el dueño distraídamente que era el ascensor.
Bueno, ya paro... cuando vuelva a yanquilandia, más.
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