Creo, confío, espero y deseo que esté llegando el deshielo. En principio, por el día alcanzamos los 2-3ºC, que me parece hasta calor comparado con lo que hemos pasado. Y por la noche -9ºC. Eso significa que por el día se forman ríos en cada esquina al derretirse la nieve, por la noche se congela todo y por la mañana… nos resbalamos. A mí ya casi no me quedan rastros del trozo de culo verde del último resbalón, pero no descarto volverme a caer.
Mi amiga Micaela, que es autóctona, me contó ayer que ella de pequeña iba escribiendo todos los signos de la primavera que iba viendo. Un pájaro, una brizna de hierba verde, una bicicleta que reaparecía tras estar enterrada en la nieve… creo que yo voy a hacer lo mismo. Empezaré por el canalón que hay debajo de mi ventana.
Lleva todo el invierno ahí congelado, recordándome todos los días que ese sol traicionero que brilla por aquí no es más que una linternita lejana que no calienta. Pero ahora corre el agua y eso es como el comienzo de algo nuevo. Una nueva estación. Hasta ahora no había experimentado este cambio de estaciones tan drástico. Y es increíble
ja, ja, ja...! Qué miseria de sol, una brizna de hierba... yo es que me parto! Acabo de llegar de una paseo de aquí al Valle de Matamoros, vuelta y más paseo por el pueblo: calculo que unos kilómetros. Es un día (por fin) de sol, los pájaros cantas, las encinas y los alcornoques parece que se ponen en pie sobre un manto verde de una belleza espectacular y desde mi casa estoy oyendo ese cacarear típico de la cigüeña sobre el campanario de la Iglesia. ¡Viva la primavera!
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