Vamos a empezar

... bueno, me acaba de entrar el síndrome de la página en blanco. Al final escribir un blog no va a ser tan fácil. Voy a comenzar por poner las cosas que ya tenía escritas estos meses atrás, cuando llegué a Minnesota para mi estancia posdoctoral de dos inviernos (sí, aquí el tiempo se mide en inviernos).

lunes, 15 de marzo de 2010

Mi nueva iglesia


Nuestros vecinos de la puerta de al lado (a los que les cuido el gato cuando no están) son un pastor “jubilado” y su esposa (ambos rondan los 70 años). Él  tiene Parkinson, pero sigue siendo parte activa de su comunidad parroquial. Y ella tiene más energía que yo en toda mi vida. Hace pocos años hizo el camino de Santiago, y hace dos semanas llegó de Guatemala, donde había estado un mes aprendiendo español y viviendo allí con una familia. Algunas veces voy a visitarles y hablamos de viajes, de política, de la familia, de religión… y eso me llevó ayer a ir a su parroquia. Es una iglesia episcopal, que tiene el aspecto que se ve en la foto.

Llegué allí sola, porque Susan (mi vecina) había ido antes de la misa para dar clases a los niños. Nada más entrar, un par de personas me preguntaron que si era la primera vez que iba, que cómo me llamaba… y cuando me escucharon hablar, que de dónde era. Me pusieron una pegatina con mi nombre y una carita sonriente y me dieron el guión de la celebración. Y me resultó muy útil, porque yo estaba más perdida que un pulpo en un garaje. Ni el Padre Nuestro sonaba parecido. Yo trataba de concentrarme en lo que estaba diciendo, mientras lo reflexionaba en español y lo pronunciaba en inglés. ¿Cuántas veces habré dicho yo todas esas frases? Pues ayer todas eran completamente nuevas, aunque significasen lo mismo. Y ya no digo nada de los cantos… que si me llegan a poner un micrófono en ese momento, se parten de la risa.
Pero ante todo yo trataba de participar, guión en mano, siguiendo toda la celebración. Y escuché el Evangelio como si fuese la primera vez que me contasen la parábola del Hijo pródigo. Dio el sermón un pastor de Sudáfrica, pero en el altar había unos cuantos pastores que le acompañaban. Bob (mi vecino) estaba también en el altar y Susan le miraba orgullosa, porque está muy preocupada por su estado de salud e intenta que Bob se mantenga activo lo más posible.
Lo más emocionante de todo es que entre los sacerdotes había mujeres. Yo estaba contentísima de verlas allí participando activamente. Y además, cuando fuimos a tomar la comunión, nos dieron un trozo de galleta que habían hecho los niños esa misma mañana. Galletas y mujeres sacerdotes… toma nota, César, que la “competencia” viene pisando fuerte.
Después de la misa, como en todo evento americano, nos tomamos un snack en una de las salas de la parroquia, así que estuve conociendo a la gente. Mi vecina estaba encantada presentándome a todos. La verdad es que fue toda una experiencia.

2 comentarios:

  1. ¡Qué guayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy! Me ha encantado este entrada, mocita. La verdad es que esas iglesias episcopalianas nos ganan en muchas cosas: en trato humano, en cercanía, en viveza y posiblemente en mentalidad avanzada. Allí no son deudores de la cristiandad, no están entre los cascotes de la secularización, los restos de la España nacionalcatólica...
    Qué suerte tienes de vivir esa experiencia. Si te acuerdas y me traes algunos papeles de la misa, etc., me interesa. Y si haces fotos a las mujeres curas pues mejor. Y me paso al EMail

    ResponderEliminar
  2. Ya lo había pensado. Te tengo guardados todos los papeles! :)

    ResponderEliminar