Vamos a empezar

... bueno, me acaba de entrar el síndrome de la página en blanco. Al final escribir un blog no va a ser tan fácil. Voy a comenzar por poner las cosas que ya tenía escritas estos meses atrás, cuando llegué a Minnesota para mi estancia posdoctoral de dos inviernos (sí, aquí el tiempo se mide en inviernos).

miércoles, 27 de enero de 2010

Día 3

Con esto del jet-lag, a las 9 de la noche me caigo de sueño por los rincones, pero a las 5 de la mañana tengo los ojos como platos, así que me quedo en la habitación de invitados con mi catálogo del Ikea (me lo sé ya de memoria, pero es curioso que cuando intento buscar algo para enseñárselo a otra persona, me resulta imposible encontrarlo).

Hoy he comprobado que una de las costumbres que tendré que cambiar mientras que esté aquí en invierno es la de abrir la ventana por las mañanas. La comprobación empírica es bastante cruel, porque se te quedan congeladas hasta las pestañas. Yo hace un par de días estaba en manga corta en Madrid… y ahora me tenía que preparar para el “fresquito” matinal de Minnesota. En ese momento es cuando echas de menos los guantes que se te han olvidado en España… y te planteas que lo de comprarse la equipación completa de esquí transalpino tampoco era tan mala idea. Como dos valientes salimos Alegría y yo a las 7:30 de la mañana, con un viento helado y con varias capas de jerseys. No recuerdo haber sentido nada comparable… era como si miles de pequeños cristalitos de hielo se te incrustasen directamente en la cara. Evidentemente la cara era lo único que teníamos al descubierto y el problema que nos planteábamos en ese momento era cómo evitar la congelación facial cuando llegase el frío polar… ¡pasamontañas!. Tenemos que comprar pasamontañas para ir a la universidad. Va a quedar un poco raro, pero hay un dicho castellano que expresa muy bien eso de “ande yo caliente…”. Pasamos tanto frío esa mañana, que ni nos extrañamos cuando vimos una ardilla polar por el camino. A ver, en realidad es una ardilla albina, pero Alegría y yo pensamos que debe ser una buena adaptación a este clima, para camuflarse mejor en la nieve durante el invierno. Así que para nosotras es una ardilla polar, como los osos.

De nuestro apartamento hasta la universidad hay unas cuantas cuestas arriba, así que ese día yo tenía toda la sensación de estar escalando el Himalaya. Al final llegamos a nuestro edificio entre congeladas y aterrorizadas por la que nos esperaba cuando llegase “el frío polar”. Cuando nuestro jefe (Bill) y la gente del laboratorio nos vio llegar en ese estado y cuando les dijimos que hacía un “poquito de frio”, nos miraron condescendientemente, como diciendo “estas criaturillas no saben que el frío todavía no ha llegado”. De hecho Bill nos ha dicho varias veces que se teme que nos quedemos en España cuando vayamos en navidades… que nos va a parecer que allí sea verano. Ains.

Mi primer día en mi nuevo trabajo como postdoc en la universidad de Minnesota fue una curiosa toma de contacto con un mundo bastante diferente al que estaba acostumbrada. Como Alegría ya había pasado todos los rituales de iniciación, me tocó pasarlos sola. Yo la verdad es que me enteraba de la mitad de lo que me estaban diciendo… pero a mí no me dejaban de dar llaves de un lado y de otro. Después de acumular un buen puñado de llaves en el bolsillo, me fui a ver a Pam y por fin pude conocerla en persona. Tras meses peleando por entenderme con ella por email, simplemente con verla comprendí el porqué de los jaleos con los papeles. Está como una moto… acelerada. Y no me extraña, porque tenía dos tazas y un termo gigante de café escondidos entre cientos de papeles con un orden indeterminado, una banderita de EEUU, las fotos de los niños, la insignia del equipo de futbol americano y dos pantallas gigantes de un ordenador que no terminaba de manejar con destreza.

Pam buscó en un cajón una carpeta con mi nombre y con tres kilos de papeles dentro. Y me dijo que me sentase, que teníamos que rellenar unas cuantas cosillas. Allí me fue sacando miles de formularios que tenía que rellenar con la dirección que me había aprendido cinco minutos antes y el teléfono que me acababan de dar. Y el primer escollo (cómo no) fue mi apellido. Le expliqué a Pam que nosotros en España tenemos un par de apellidos, uno por cada progenitor (bueno, se lo dije en mi inglés-jau, por supuesto). Y ahí ya se le abrieron los cielos y comprendió por fin que mi nombre fuese tan largo. Entonces cogió otra maxi-carpeta que tenía por allí y me enseñó el nombre de otro iluso español al que le estaba llevando el expediente… y como si se tratase de un jeroglífico egipcio, me dijo que si podía decirle cuáles eran sus apellidos y su nombre. Yo no sé qué le enseñan a esta gente acerca del resto del mundo en el colegio, pero debe ser curioso averiguarlo.

Como mi contrato con el USDA es a tiempo parcial, Pam decidió que el horario que más me convenía para pillar más días de vacaciones pagados era 6 horas al día, cuatro días a la semana, pues la mayor parte de los festivos federales eran los miércoles. Y me estuvo explicando todos los días libres que podía coger, las horas libres que podía acumular… en fin, esas cosas básicas para los funcionarios/empleados federales, que eso sí que parece ser igual en todos los países. Así que yo me dejé querer, aunque sabía que al final iba a echar más horas que nadie en la universidad, porque después de todo había venido para eso.

En algún momento la conversación se volvió un poco más surrealista y Pam me hizo rellenar unos papeles con direcciones de contacto en caso de problemas. Dentro de “problemas” se englobaban las tormentas de nieve, los tornados, los ataques nucleares, los ataques terroristas, los incendios, los terremotos, las invasiones alienígenas, etc. Yo a esas alturas ya me estaba preguntando que dónde me había ido a meter… pero no se conformó con eso. Me empezó a comentar que hay un servicio de escolta en el campus por si tenía que volver de noche a casa (que a las 16 ya es de noche en invierno…), cómo tenía que actuar en el caso de encontrarme en una situación de discriminación por sexo, raza o religión… en fin, todas esas cosas que uno no quiere encontrarse cuando está en un país extranjero. También me dio una tarjeta de consulta psicológica para empleados federales... y estuve a un tris de preguntarle si ella les consultaba a menudo… Después de una hora de reloj hablándome de todos los riesgos a los que estaba expuesta, yo ya estaba en plan “hay que atacar a los infieles, que amenazan nuestras seguridad y además necesito un arma”. Bueno, realmente no soy tan sugestionable y en realidad estaba pensando en que son una pandilla de agoreros. Esas cosas pueden pasar, está claro (bueno, no sé si la invasión alienígena es probable), pero yo prefiero seguir viviendo en la feliz inopia.

Una vez que comprendí que esta gente ve la vida como una peli de ciencia ficción, se me hizo más llevadero entender su idiosincrasia. Ya ni me extrañé cuando me sacó un último papelito en el que, como empleada federal, tenía que jurar defender la constitución de los Estados Unidos y vete tú a saber qué más, porque yo en ese momento hubiese firmado cualquier cosa con tal de salir ya de allí. Así que tras la agradable charla sobre los peligros en ciernes y jurar defender algo que no sabía ni de qué iba, me fui de allí mucho más preocupada de lo que entré. Por lo menos saqué en claro que me iban a pagar el autobús, que menos es nada, ya que con el seguro médico me iban a crujir vilmente.

1 comentario:

  1. jajajajaaj
    Qué identificado me siento!

    Imagínate las vicisitudes que me he encontrado yo con mi nombre, que es un "pelín" más largo que el tuyo. Tenía pensado dedicar una entrada de mi blog para relatar el asunto.

    El segundo día me llaman de la Universidad de parte del casero y me dicen que tengo que acortar mi nombre, que no le cabe en el buzón.
    Una profesora me pidió por favor que no la hiciera llamarme por mi nombre completo, jejeje

    Pero en general aquí cada uno ha encontrado una solución distinta para lidiar con el problema, pero la más común es tirar por la calle de en medio: saben que la primera palabra tiene que pertenecer al nombre, y que la última tiene que ser parte del apellido, así que no se complican la vida y me llaman Francisco Gómez.

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