Vamos a empezar

... bueno, me acaba de entrar el síndrome de la página en blanco. Al final escribir un blog no va a ser tan fácil. Voy a comenzar por poner las cosas que ya tenía escritas estos meses atrás, cuando llegué a Minnesota para mi estancia posdoctoral de dos inviernos (sí, aquí el tiempo se mide en inviernos).

miércoles, 27 de enero de 2010

Dia 1

El día comenzaba tras una agonizante carrera la tarde antes, para recoger mi pasaporte en la otra punta de Madrid y comprar un billete para Minnesota. Después de un laaargo periplo de luchas encarnizadas con el teléfono de la embajada, las Sonias y las Pams de turno, conseguí mi visado antes de las 20 de la noche. Así que cuando tuve el billete comprado me cogió hasta de sorpresa. No tenía yo hecho el cuerpo a que me iba YA… pero eran las 6 de la mañana y esos días de viajes importantes comienzan siempre con unas hormiguillas en el estómago, así que yo estaba pero sin estar realmente. Tenía en mente no equivocarme de vuelo, no perder la conexión, graparme el pasaporte a la frente si era necesario… en fin, controlar todo lo controlable en esas circunstancias. Pero al final, las circunstancias siempre son las que mandan y todo se suele tornar en algo incontrolable que nunca se ajusta a lo planificado.

La primera fue en la frente: la maleta a la hora de facturar. Un mes entero haciendo y deshaciendo la maleta, haciéndole el vacío, cambiándola de sitio para que no estorbase… y al final, no la había pesado. O más bien sí, pero en un peso demasiado indulgente, que pesaba como 3 kilos de menos (con razón alguno que yo me sé cree que pesa de menos). En la zona de facturación, después de hacer una pedazo de cola en la que te van preguntando chorradas en plan: “¿te has comprado hace poco un teléfono móvil?” “¿se lo has prestado a alguien?” “¿crees que ha sido manipulado?” “¿has estado hace poco en otro país?”… de hecho, esa pregunta tenía trampa, porque se la hicieron a la chica que tenía detrás y realmente lo que le querían preguntar era que si había estado en la tierra de los infieles. Y la pobre, que había estado en Marruecos hacía un par de años, no sabía si confesarlo o no. Las otras preguntas eran sobre el equipaje “¿has vigilado en todo momento tu equipaje?” “¿alguien te ha dado algo para que lo lleves?” “¿has hecho tú solo la maleta?” “¿cuándo?”… la verdad es que menos mal que a mí no me preguntaron nada, porque si le digo que la hice hace un mes, me iban a mirar un poco mal, porque evidentemente no la he estado vigilando todo un mes.

A mí no me preguntó nadie nada, pero había un chico de la compañía aérea que no paraba de ponerme pegatinas “de seguridad” por todos lados. Me dejó la maleta como si hubiese sido el día del Domund. Me puso pegatinas hasta en el pasaporte. Cuando llegué a la zona de pesar la maleta, me dijeron que pesaba 2.5 kg de más (el límite eran 23). Que eso me iba a costar 100 euros o que tenía que salir de la cola y rehacer la maleta y poner cosas en la de mano, que no llegaba al peso máximo. Si tenemos en cuenta que el peso del equipaje de mano son 18 kilos… pues me daba para meter muchas más cosas. Que digo yo que si lo hacen por no cargar demasiado el avión, al final es lo mismo, porque el peso total que va en el avión sería idéntico… con el inconveniente para el pasajero de tener que llevar una maleta de mano que pese como un muerto por todo el aeropuerto. Y alguna otra desventaja que descubríría después…

Así que ahí me dispuse yo a exponer la maleta en el aeropuerto y redistribuir las cosas entre ambos equipajes. Como había empaquetado toda la ropa al vacío, la maleta grande parecía un congelador lleno de embutidos. Lo único que había suelto era un juego de cartas (vale... ¡el bang!...para el frío invierno de Minnesota), los zapatos, la bolsa de aseo, la depiladora, el paraguas y tres pares de zapatos. Si quitaba esas cosas, la maleta se quedaba en 19.5 kg. Uno no sabe lo que pesan esas cosas hasta que descubre que pesan demasiado… así que tuve que poner los zapatos en el equipaje de mano. La bolsa de aseo, evidentemente, estaba llena de instrumentos potencialmente terroristas como la tijerita de uñas, las pinzas de depilar, las cuchillas de afeitar… y la depiladora ya ni enumero las formas de matar que se me ocurren con un cacharro de esos sin enchufar… vamos, que tenía en la maleta todo lo que se necesita para secuestrar un avión. Así que eso no podía ponerlo en el equipaje de mano. Y el paraguas tampoco, que ya lo pregunté. Y no pensaba sacrificar el juego de cartas que tenía para pasar el invierno polar. Así que sólo me quedaba descartar la depiladora (total, los pelos son un abrigo natural en invierno), que se quedó con Curro fuera de la cola.

Me puse otra vez en la cola de las preguntas absurdas y siguieron sin hacerme ni caso. No debo tener ninguna pinta sospechosa… Eso sí, el de las pegatinas debió pensar que me había puesto pocas, porque me puso unas cuantas más. Pesé la maleta de nuevo y pesaba 22.3 kg. Curro, que me estaba esperando con la depiladora fuera de la cola (solo pueden estar en la cola los que vuelan), me miró ilusionado como diciendo “¡te cabe la depiladora!”. Así que la pesé. 500 g. Eso es lo que pesa la maquinita. Así que al final no voy a tener excusa para pasar el invierno sin depilarme, porque la metí en la maleta (eso tampoco quiere decir nada...).

Tras la pelea con la maleta, llevaba un equipaje de mano considerablemente pesado, que me tocó arrastrar por todos los controles de seguridad del aeropuerto. Ahí me di cuenta que me esperaba un día largo y pesado. 30ºC en Madrid y yo iba con las botas de montaña, el abrigo, una sudadera y una maleta considerable, teniendo en cuenta que ya había facturado el mostrenco lleno de ropa embutida. Además llevaba el bolso-mochila, con los miles de papeles que creía que me podían hacer falta y que no podía arriesgarme a perder si la maleta no llegaba. Como iba dando un poco el cante, yo iba explicándole a la gente que me iba dos años al Polo Norte… y que simplemente no me cabían las cosas.

Pero encima, al pasar los arcos de seguridad de los aeropuertos ahora te hacen quitarte los zapatos desde el principio. Y te dan una mini-bandejita para que lo pongas todo ahí. Evidentemente, yo necesité un par de ellas. El abrigo, las botas, el bolso, la maleta, la sudadera, el cinturón… y eso sin perder de vista el pasaporte ni la tarjeta de embarque. Cuando pasé por el arco de seguridad, me sentí tan aliviada del peso que me había quitado y de que el arco no pitase, que me entraron ganas de dejar allí las cosas e irme directamente a coger el avión sin ellas. Pero tras ese lapsus momentáneo de anti-materialismo, recogí mis cosas y me fui a la puerta de embarque.

Una vez dentro del avión fue cuando realmente me di cuenta de que la maleta de mano pesaba mucho. Me había engañado porque tenía ruedas, pero cuando tuve que subirla a los compartimentos de maletas diseñados para gigantes… pues simplemente no pude. Menos mal que siempre hay algún fortachón cerca para ayudar a las damas desvalidas y en apuros… sólo hay que sonreírles un poco y ya está. Las siguientes 10 horas me las pasé viendo mi tele individual del reposacabezas delantero, leyendo y haciendo un amigo. Cuando aterrizamos en Atlanta, volvieron a mi estómago los hormigueos de los aeropuertos. Tenía que recoger la maleta-mostrenco y pasar el control de aduanas. Realmente no estamos diseñados para llevar eficientemente dos maletas de ruedas a la vez… pero bueno, a mí me seguían ignorando en los controles de pasaportes, así que no tuve ningún problema con lo demás.

El aeropuerto de Atlanta está lleno de afroamericanos (a ver, en realidad son negros, pero esa es la palabra “polite”). Medían como dos metros de largo por 1.5 de ancho. Tamaño “queen”, como las camas. De repente pasabas un arco de seguridad y te encontrabas frente a frente con un armario de esos… bueno, frente a cintura, para qué nos vamos a engañar… Pero eran muy amables. Te miraban así como diciendo “anda, enanita, pasa… que tú no supones ninguna amenaza para los Estados Unidos de América”. Y yo seguía mi camino siendo ignorada en los controles de seguridad, descalza y con un montón de cosas repartidas por las bandejas.

Lo primero que noté en la zona de embarque del aeropuerto de Atlanta fue un olor nauseabundo. La grasa reconcentrada de los puestillos de comida basura me revolvió el estómago. Por todos lados había gente comiendo hamburguesas enormes con un montón de salsas que les chorreaban por los lados. Uhm… creo que me esperan un par de años complicados para mantener una dieta equilibrada. Sólo había un puesto solitario y apartado de comida saludable, cuyo lema decía algo así como “comer sano te hace la vida más feliz”… pero no tenía ningún tirón entre el público. Está claro que esa gente había crecido (y mucho) comiendo esas porquerías, así que no iban a empezar ahora a comer sano, porque además eso implicaba pagar como cinco veces más cara la comida.

El vuelo hasta Minneapolis se retrasó una hora, así que estuve utilizando el wifi del aeropuerto para hablar con la familia en España. Eso de poder conectarse con todos en cualquier sitio del mundo es una maravilla. Lo único malo que le veo es el anonimato que tienes que sacrificar. Me explico. Como una es blanquita de piel y clarita de pelo, puedo pasar por una yanqui cualquiera… menos cuando abro la boca y hablo. Ahí se dispersan todas las dudas y me coloco el cartel de extranjera. Y como hablamos español, por aquí los españoles estamos en el saco de los latinos-hispanos y además debemos vivir cerca de México, porque cada vez que digo que soy de España me cuentan que han estado de vacaciones en México. Yo ya he optado por contarles que yo estuve de vacaciones en Inglaterra, para ver en ellos las mismas caras que se me queda a mí cuando me dicen esas cosas. Con respecto a las razas, tienen un sistema curioso de “no marginación”. En todos los documentos oficiales te invitan a clasificarte en una raza concreta de unas cuantas posibles. Pero te dicen que todo el sistema está centrado en la igualdad de oportunidades para todos. Entonces, no sé para qué preguntan… Y lo más curioso es que los americanos se definen a ellos mismos como “blancos de origen europeo”. Pues nada, esa soy yo, pura sangre europea y de los blanquitos que se ponen de color cangrejo en la playa. La verdad es que nunca había pensado clasificarme de esta forma.

La llegada a Minnesota fue muy agradable, porque Alegría me estaba esperando en la cinta de las maletas. Así que no me sentí perdida en ningún momento. Llegamos al apartamento como a las 21:30 y yo estaba que me caía de sueño. No sabía qué hora biológica era la mía, pero había salido de Madrid como 17 horas antes. Como no tenía cama propia, me fui a la sala de invitados de la comunidad de lujo en la que vivimos y allí pude dormir hasta las 5.

6 comentarios:

  1. Ana con lo bien que has detallado tu aventura, con un humor que ya no recordaba, si eres la Ana que creo, es raro que nadie haya dicho esta boca es mía.

    Realmente la única pista que tengo es un tal Curro que aparece en una cola, que por lo visto optó por irse al Caribe como uno de un anuncio de no se qué, algo mucho más racional que tu peregrina idea, claro que no me sorprende, que siempre tus ideas fueron algo peregrinas.

    Seas la Ana que seas, la mía seguro que no porque está sentada cerca de mi, me ha resultado muy divertida toda la detallada descripción; tanto que estoy esperando a ver como conseguiste subir la cama y las demás cosas, espero que con la ayuda de... ahora no recuerdo el nombre. Por otra parte, como no se si hablo con la Ana que sospecho, ya me callo no sea que todo sea indescifrable.

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  2. Buenas Arturo... supongo que sí que soy la Ana que piensas. Y en parte "culpa" de que esté aquí de estancia posdoctoral en el Polo Norte es tuya, que tú me metiste en esto del suelo. Por eso pensé que te iba a hacer ilusión saber de mis aventuras en yanquilandia.
    Un beso para ti y otro para tu Ana, que seguro que estareis calentitos en Granada, mientras aquí tenemos -27ºC.

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  3. Por cierto, es que el blog no está abierto, todavía está en período de pruebas. Todavía me estoy pensando si abrirlo.

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  4. Ana, es fantastico el nivel de detalles que das, parece que lo he vivido en mis carnes y me gustaría que siguieras contando tus vivencias y peripecias por si las moscas me conceden a mi la beca también y me veo en USA algo más perdida que tú sin duda alguna. Aun no has contado mucho sobre los problemas con el idioma, excepto el caso "restroom" ¿has tenido muchos problemas para hacerte entender? ¿has entendido? Me imagino a Brian contandote el cuarto dia sus peripecias de caza, yo no hubiera entendido ni "j". Besos y enhorabuena por el blog, creo que tienes madera para esto!!

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  5. Por supuesto que el Bang no podía faltar para sobrevivir en el Polo Norte. A estas alturas habrás encontrao ya nuevas víctimas... jejejejej

    Muy bueno lo de "Yo también he estao de vacaciones en Inglaterra". Dándoles de su propia medicina.

    Y el abrigo natural, funciona... o a -30º ni eso es suficiente?

    Me ha encantao esta primera entrada. Por favor, no leas más mi blog, que no resiste la comparación con el tuyo. Me voy corriendo a leer la segunda entrada...

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  6. Pues a mí me encanta tu blog, Fran. Tu entrada de la nieve es antológica e insuperable... así que no pienso dejar de leerlo ;)

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