Bill, mi nuevo jefe, me envió con su mano derecha del laboratorio a varias misiones de supervivencia importantes: tener un número de la seguridad social (aquí no eres nadie si no tienes uno) y una cama. ¡Una cama!. Uno no se sabe cuánto se necesita hasta que la echa de menos.
Brian (el técnico del laboratorio) cogió su pickup, que viene a ser como un camión de estos que les gusta conducir por aquí y yo me encaramé como pude al asiento. Cuando te subes a un cacharro de esos, los niveles de testosterona aumentan y te crees el amo de la carretera… en fin, que les deben gustar por eso. Brian es un auténtico chicarrón del norte de por aquí, que es decir mucho más que los falsos nortes de otros sitios. Me contaba que se había ido el fin de semana anterior a dormir al aire libre a un bosque cerca de un lago… a cazar faisanes. Hasta me enseñó la pluma que llevaba de recuerdo en el coche. Por supuesto, al lado de la banderita del “kit del perfecto americano”. Como buen chicarrón del norte, además de tener un camión de esos de color azul chillón, Brian viste camisas de leñador, tiene un oso despachurrado que cazó él mismo en el cabecero de su cama y posee todos los útiles para sobrevivir a un tornado/tormenta de nieve/ataque terrorista, invasión alienígena, etc.
Yo iba un poco apurada por él, porque tiene que ser un marrón que tu jefe te mande a solucionarle la vida a la extranjera perdida que acaba de llegar. Pero lo cierto es que es una persona muy agradable y extremadamente amable y no parecía molestarle la situación en absoluto. No podría haber hecho nada de lo que hice ese día sin su ayuda. Para empezar, el sitio donde uno se saca el número de la seguridad social estaba en el barrio chungo de Minneapolis, que es como los colorines de Badajoz, pero con los edificios un poco más altos (bueno, bastante más). No sé cómo se les ocurrió a dos arquitectos, de dos puntos del mundo tan diferentes, la misma idea: que los quinquis lo que necesitan es vivir en edificios de múltiples colores pastel en su fachada. Si se conociesen los quinquis de un sitio y de otro, seguro que tendrían muchas cosillas entretenidas de las que hablar.
Cuando llegamos allí, como era un poco antes de la hora de abrir, tuvimos que esperar un poco en una cola de esas deprimentes típicas de las películas americanas de vagabundos, negros, inmigrantes… en fin, como yo, ni más ni menos. Ahí me alegré una barbaridad de tener a mi lado al chicarrón del norte que mata ciervos con los dientes… En la puerta había un inquietante cartel de “prohibido las armas de fuego”. Eso también significaba que fuera sí que estaban permitidas, así que yo me puse a hablar con el chicarrón del norte en voz alta para que se notasen un par de cosas: que iba con él y que hablaba español, que eso debe tener su estatus en estos barrios… supongo.
Se fue formando una cola curiosa, y cuando ya nos tocó entrar tuve un pequeño problemilla al pasar el arco de seguridad. Como llevaba el puñado de llaves disperso por el bolsillo de la chaqueta, decidí que mejor me quitaba la chaqueta y se la daba al guardia para que no pitase en el arco. Y él pensó que lo más sencillo era que pasase con la chaqueta y dejase las llaves en la bandeja… hasta que vio un puñado de llaves sueltas saliendo una a una de aquel bolsillo. A ver cómo le explicaba yo a ese hombre que a 7000 kilómetros de mi casa lo último que se me había ocurrido no traerme era un llavero, en una maleta de 22.8 kg, incluyendo la depiladora. Un triste llavero. El hombre se reía, pero la situación era un poquito bochornosa… y yo creo que en ese momento Brian comenzó a pensar que yo no era normal.
Una vez que me senté a rellenar los papeles, estaba tan nerviosa con la situación que puse que había nacido en 2002. Brian me señaló la casilla y se rió. Me dijo que era joven, pero que no creía que tanto. Días después aún no sé si lo rellené todo correctamente. Si llega a esta dirección mi número de la seguridad social, será un milagro, porque no me acordaba de la dirección del apartamento. Tuve que improvisar un poquillo. En la ventanilla nos atendió una señorita posiblemente hispana, con chip-robot incorporado (como Sonia, la de la embajada). Se tenía muy bien aprendido su protocolo de actuación, y por una extraña razón, una vez que le di el formulario, no quería devolvérmelo. Así que cuando tuve que poner los segundos apellidos de mis padres, tuvimos unas cuantas dificultades. Ciarreta y Becerra. Ahí los llevas. Y todavía me preguntaba que dónde ponía la “L”… en fin, como aquí los chistes en español no funcionan, no pude hacerle el chiste fácil. Adiós a la temporada de otoño del festival del humor de Ana. Hasta que pueda enlazar chistes en inglés me parece que queda un buen tiempo... Brian seguía confirmando que soy un poco rara. Tampoco entendía que tuviese dos apellidos.
Como aquí está todo a unas distancias imposibles, tardamos un rato en llegar al Ikea. Mientras tanto, Brian me seguía contando sus aventuras cazando osos, faisanes y ciervos. Y me invitó a practicar ice-fishing cuando se hielen los lagos. Hombre, yo quería comer pescado, pero me conformaba con que fuese congelado del supermercado, no congelado al natural... Si la pesca en sí ya es aburrida, me imagino que hacerlo mientras tratas de sobrevivir a una hipotermia, debe ser como para tirar cohetes de felicidad… ¿esta gente no conoce las consolas ni los juegos de mesa?. Otra alternativa que me dio fue jugar al golf en el campo de la universidad con Bill y con él, pero eso sería ya tras el deshielo (sí, después de la edad del hielo). Brian también me fue contando las aventuras de los otros compañeros que habían ido llegando de España antes que nosotras. Uno de ellos fue una vez solo por un barrio chungo y le desvalijaron… y a Brian no se le ocurrió otra cosa que ir a buscar a los tíos en la pickup y con la escopeta en la mano. Menos mal que al final no los encontró. Pero esas cosas me las deberían haber contado antes de venir aquí...
Cuando llegamos al Ikea, aún no habían abierto. Así que tuve unos diez minutos para buscar la lista que había hecho con las cosas que necesitaba. Como sé que el Ikea es un tostón tremendo y no quería aburrir a Brian mirando cosas, llevaba apuntado exactamente dónde estaba todo lo que necesitaba del almacén. En la página web venía hasta cuántas camas quedaban de las que yo quería… ¡cuatro!. Pero, para variar, no encontraba la lista. Yo trataba de explicarle a Brian que siempre me pasaba lo mismo con las listas, que las hacía, pero que luego se me olvidaba donde las había puesto. Esta vez la encontré, pero lo suficientemente tarde como para subir puntos en la categoría de rara que Brian me debía estar haciendo.
Pero no contenta con eso, terminé de meter la pata del todo. Como yo estaba muy apurada con el hecho de tener a Brian de esclavo para llevar mis cosas y pasearme por el Ikea, no se me ocurrió otra cosa que convencerle de que me esperase en el “restroom”. Que si hubiese sido la “sala de descanso” que yo creía que era, hubiese quedado hasta bien. A mí me parecía muy buena idea que tuviesen una sala de descanso, y pensé que como en el Ikea lo que le sobran son muebles y suelen tener ideas curiosas, era normal que tuviesen un sitio así. A más de uno le gustaría que existiese esa sala en el Ikea, incluida yo. Pero no era la sala de espera, sino el cuarto de baño. De eso no me enteré hasta días después, cuando ya me escamaba a mí que tuviesen “salas de descanso” en todas partes. Ahora comprendo que Brian me dijese insistentemente que no quería quedarse en la “restroom” y que no le importaba acompañarme. Y mira que le insistí… yo creo que ya ahí rompí el recuento de puntos a la españolita más rara. Debió pensar que estaba loca. Tengo que hablar con él y decírselo, pero esta semana está cazando ciervos y no ha ido a la universidad. ¡Qué daño me ha hecho a mí el Vaughan ese! ¿no podía ser americano?... es que con el inglés británico que me he traído, no hay forma de sobrevivir decentemente. Pero también estos americanos tienen delito… ¿a quien se le ocurre llamar al servicio “sala de descanso”? ¿se puede saber qué hace esta gente en el baño?. Prometo que lo comprobaré.
Como al final encontré la lista del Ikea y no había apenas nadie, batí todos los récords de rapidez cogiendo cosas del almacén. Iba echando almohadas de esas baratas a la cesta como si fuesen gominolas, una alfombrilla del baño, unas cortinas para la ducha, una mesita de noche… todo de color rojo. Brian alucinaba y me decía que era una chica muy práctica, que así no me tenía que molestar en combinar colores. Una de las veces que lo perdí de vista, llegó con una escobilla del wáter roja. Así que nos reímos y también la echamos a la saca. Lo único que me llevó más tiempo fue encontrar las sábanas y la funda del edredón, que tenía que ser de tamaño King para que cupiese dentro mi edredón calentito del Target, tal y como llevaba apuntado en las medidas que cogí con Alegría.
Al final terminamos cargando el mini-camión de Brian bajo el sol de la mañana. Yo estaba emocionada de tener sol, pero Brian estaba sudando goterones a 14ºC. Como la cama era grande (¡voy a dormir como una queen!), tuvimos que atarla bien para que no se escapase, pero no tuvimos ningún problema, porque este hombre está preparado para enfrentarse a cualquier situación. Es Macguiver.
Por la tarde lo que me tocaba era abrirme la cuenta del banco. Así que fui con Bill al banco que tiene más relación con la universidad, para que así me fuese más fácil gestionar la cuenta. El banco estaba completamente vacío cuando llegamos, pero aún así nos apuntamos en una lista que había en lo alto de un atril. Nos quedamos ahí sentados 2 segundos, hasta que una mujer se levantó de su mesa, se acercó a la lista (donde SOLO estábamos apuntados nosotros) y preguntó por nosotros en voz alta. A mí me pareció un poco surrealista… hubiese estado bien que no hubiésemos contestado. A ver qué cara se le quedaba.
Puestos en faena, Bill pidió una cuenta de cheques. A mí aquello me sonó a algo difícil de manejar, porque yo con los pagarés esos del monopoly no había jugado nunca. De todas formas, lo de abrirse aquí una cuenta en el banco es algo un poco absurdo, para empezar porque necesitas una tarjeta de crédito para que te den una tarjeta de crédito ¿?. Y vas haciendo lo que se llama el “historial de crédito” con los movimientos de tus cuentas. Tanto rollo patatero con estas cosas y después son los bancos de EEUU los que han provocado una crisis mundial por dar créditos basura. Vaya tela. Por supuesto, el principal problema que me encontré fue que no tengo número mágico todavía, así que de momento no me pudieron dar de alta en el sistema de consultas por internet. Pero ya tengo una cuenta en un banco americano... miedito me da.
¿Y no se te habrá ocurrido decir "toilet" para referirte al cuarto de baño, verdad? Si lo has hecho te habrán puesto cara de "Pero qué ordinaria..." (de nuevo, échale la culpa a Vaughan... jejejej)
ResponderEliminar