Una de las peculiaridades de esta vida en el exilio es la convivencia con la gente, la formación de las pandillas, la forma de relacionarse… y la disolución de todos esos vínculos. Cuando vives en el extranjero de postdoc durante un tiempo, muchas de las personas que conoces están en una situación parecida a la tuya. Y es mucho más sencillo relacionarte con esa gente que habla tu idioma o que tiene unas costumbres parecidas a las tuyas, que con los autóctonos, con los que tienes muchas menos cosas en común. No sólo porque la gente de aquí tenga una forma de vivir diferente a la nuestra, sino porque ellos tienen su vida, sus familias, sus costumbres… y nosotros estamos de paso y alejados de nuestro entorno original.
Ese desarraigo provoca que creemos fuertes vínculos con personas que apenas conocemos, o que ampliemos nuestro círculo a amistades que posiblemente nunca tendríamos bajo “circunstancias normales”. Y aún así, con nuestras “extrañas compañías” nos sentimos felices y tenemos la sensación de estar un poco más cerca de casa.
Por eso, cuando se va algún miembro de nuestro “grupo de exiliados”, tenemos sentimientos encontrados y son momentos bastante duros. Sabemos que casi todos estamos de paso, que los que se van no es que se mueran, sino que generalmente vuelven con sus familias, a sus lugares de origen, donde seguramente estén mucho mejor… pero aún así, no puedes evitar pensar en el presente y en el futuro cercano. Los momentos que ya no vas a compartir con ellos, las anécdotas que no vas a contarles ni a escuchar… y lo más triste de todo; que posiblemente no vuelvas a verlos nunca. Porque cada uno pertenece a un mundo diferente, a una ciudad, a un país… y hemos coincidido en un determinado momento y lugar de nuestras vidas, pero no estamos destinados a compartir toda nuestra existencia. Llegar a aceptar eso es un poco difícil al principio y uno intenta plantear encuentros que posiblemente no existirán o planes que nunca se realizarán. Pero más allá de todos los planes vanos, las palabras no dichas o los momentos no compartidos, queda el recuerdo de la gente que te acoge como a alguien importante en sus vidas, que te facilita la adaptación a estas circunstancias especiales, que comprende y comparte la sensación de estar fuera de casa, que se entusiasma con tus alegrías y llora con tus tristezas. Y que, por un instante en sus vidas, te llamó y llamaste amigo.
No son adioses, son hasta luegos, aunque jamas los volvamos a ver. La tristeza debe ser efimera... como tirar de una curita. Duele, pero ahi queda la marca de quien compartio conmigo momentos de su vida, que me enriquecio con sus diferencias y que me ensenio que hay gente linda en todos lados. Estamos salvados.
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