Vamos a empezar

... bueno, me acaba de entrar el síndrome de la página en blanco. Al final escribir un blog no va a ser tan fácil. Voy a comenzar por poner las cosas que ya tenía escritas estos meses atrás, cuando llegué a Minnesota para mi estancia posdoctoral de dos inviernos (sí, aquí el tiempo se mide en inviernos).

miércoles, 28 de julio de 2010

Las despedidas


Una de las peculiaridades de esta vida en el exilio es la convivencia con la gente, la formación de las pandillas, la forma de relacionarse… y la disolución de todos esos vínculos. Cuando vives en el extranjero de postdoc durante un tiempo, muchas de las personas que conoces están en una situación parecida a la tuya. Y es mucho más sencillo relacionarte con esa gente que habla tu idioma o que tiene unas costumbres parecidas a las tuyas, que con los autóctonos, con los que tienes muchas menos cosas en común. No sólo porque la gente de aquí tenga una forma de vivir diferente a la nuestra, sino porque ellos tienen su vida, sus familias, sus costumbres… y nosotros estamos de paso y alejados de nuestro entorno original.
Ese desarraigo provoca que creemos fuertes vínculos con personas que apenas conocemos, o que ampliemos nuestro círculo a amistades que posiblemente nunca tendríamos bajo “circunstancias normales”. Y aún así, con nuestras “extrañas compañías” nos sentimos felices y tenemos la sensación de estar un poco más cerca de casa.
Por eso, cuando se va algún miembro de nuestro “grupo de exiliados”, tenemos sentimientos encontrados y son momentos bastante duros. Sabemos que casi todos estamos de paso, que los que se van no es que se mueran, sino que generalmente vuelven con sus familias, a sus lugares de origen, donde seguramente estén mucho mejor… pero aún así, no puedes evitar pensar en el presente y en el futuro cercano. Los momentos que ya no vas a compartir con ellos, las anécdotas que no vas a contarles ni a escuchar… y lo más triste de todo; que posiblemente no vuelvas a verlos nunca. Porque cada uno pertenece a un mundo diferente, a una ciudad, a un país… y hemos coincidido en un determinado momento y lugar de nuestras vidas, pero no estamos destinados a compartir toda nuestra existencia. Llegar a aceptar eso es un poco difícil al principio y uno intenta plantear encuentros que posiblemente no existirán o planes que nunca se realizarán. Pero más allá de todos los planes vanos, las palabras no dichas o los momentos no compartidos, queda el recuerdo de la gente que te acoge como a alguien importante en sus vidas, que te facilita la adaptación a estas circunstancias especiales, que comprende y comparte la sensación de estar fuera de casa, que se entusiasma con tus alegrías y llora con tus tristezas. Y que, por un instante en sus vidas, te llamó y llamaste amigo.

Os echamos y os echaremos de menos.

1 comentario:

  1. No son adioses, son hasta luegos, aunque jamas los volvamos a ver. La tristeza debe ser efimera... como tirar de una curita. Duele, pero ahi queda la marca de quien compartio conmigo momentos de su vida, que me enriquecio con sus diferencias y que me ensenio que hay gente linda en todos lados. Estamos salvados.

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